jueves, 25 de septiembre de 2008

3. ¿Participó ETA en el 11-M?

Luis del Pino
"...de entre todos los posibles sospechosos de haber contratado a los mercenarios que colocaron las bombas en los trenes, ETA es el único que no tenía nada que perder con la operación y sí mucho que ganar"

LOS ENIGMAS DEL 11-M

El 31 de diciembre de 2003, el jefe de la trama mercenaria del 11-M, Jamal Ahmidan (El Chino), entró en el bar Txikia de Bilbao, se dirigió a donde se encontraba sentado Larbi Raichi y le descerrajó un tiro en la rodilla, por una deuda de narcotráfico. Este episodio ilustra a la perfección dos hechos distintos: en primer lugar, que el principal responsable de la colocación de las bombas del 11-M era en realidad un vulgar camello que nada tiene que ver con las redes integristas islámicas. En segundo lugar, que El Chino se movía a sus anchas por los bajos fondos de Bilbao y San Sebastián, ciudades ambas a las que viajaba con frecuencia (según cinco testigos distintos) para llevar a cabo sus negocios.
Cualquiera que conozca el País vasco sabe que nada se mueve en el submundo de la droga sin que ETA tenga constancia y sin que ETA lo controle y autorice, especialmente desde que hace ya años la banda terrorista asesinara a diversos traficantes "díscolos". ¿Quién protegía en el País Vasco las actividades de El Chino?

Jorge Dezcallar en la Comisión Parlamentaria sobre el 11-M. Un falso debate
En su comparecencia ante la Comisión del 11-M, el ex-director del CNI, Jorge Dezcallar, hizo una afirmación que determinados medios de comunicación amplificaron hasta la saciedad: "ETA y Al Qaeda no pueden colaborar, porque son como el agua y el aceite". Es una afirmación muy contundente, pero vacía de contenido. También la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin eran como el agua y el aceite, lo que no fue obstáculo para que ocuparan Polonia al alimón. Porque el ser tan distintos no les impedía compartir un mismo planteamiento estratégico (su desprecio por las democracias liberales occidentales) ni determinados intereses tácticos (ampliar su territorio a costa del débil vecino polaco).
De la misma manera, es completamente cierto que existen enormes diferencias ideológicas y políticas entre ETA y Al Qaeda, pero eso no les impide compartir unos mismos planteamientos estratégicos (un antiamericanismo y antiliberalismo feroces) ni compartir coyunturalmente unos mismos enemigos (por ejemplo, la España de Aznar).
Las diferencias existentes entre ETA y Al Qaeda no nos dicen nada sobre si han colaborado o no, y las pruebas demuestran que ETA ha tenido, tiene y seguirá teniendo contactos numerosos, continuados e intensos con el mundo islámico. Los grupos terroristas comparten unos mismos circuitos de aprovisionamiento y eso hace que entren en contacto grupos que, en principio, nada tienen que ver entre sí. Existe constancia de operaciones cruzadas de venta de explosivos y misiles entre ETA y grupos terroristas islámicos y existe también constancia de la presencia de etarras en campos de entrenamiento de Afganistán durante el régimen de los talibanes.
Sin necesidad de remontarnos a los tiempos en que los etarras vivían y se entrenaban en lugares como Argelia, el antiamericanismo esencial que profesan es el que movió al entorno de ETA a enviar cinco grupos de brigadistas batasunos a Irak en vísperas de la invasión americana. Contamos, asimismo, con numerosas cartas intercambiadas por presos etarras e islamistas, llenas de consideraciones sobre el mejor modo de atacar al gobierno español. Agua y aceite, sí, pero con unos mismos intereses. Es posible que sus dioses sean distintos, pero comparten idénticos demonios. Un ejemplo de esa "permeabilidad ideológica" debida a la existencia de un enemigo común lo constituye Yusuf Galán, que de interventor de Herri Batasuna pasó a militar en las redes terroristas islámicas vinculadas a la trama española del 11-S.
Pero, de todos modos, todo este debate es un debate falso, porque nada tiene que ver con el 11-M. El que ETA y Al Qaeda hayan colaborado alguna vez es irrelevante para conocer quién organizó la masacre de Madrid. No sabemos si ETA contrató a los mercenarios que colocaron las mochilas-bomba, pero de lo que sí estamos seguros (como se ha puesto de manifiesto en capítulos anteriores) es de que no los contrató Al Qaeda.
Así pues, centrémonos en la pregunta fundamental: ¿tuvo ETA algún conocimiento o participación en los atentados del 11-M?
La sombra de ETA
En su comparecencia ante la Comisión 11-M, Rodríguez Zapatero aseguró vehementemente que todas las investigaciones realizadas apuntaban a que la responsabilidad del 11-M correspondía en exclusiva a terroristas islámicos. Esta afirmación es, a la vez, falsa e incompleta. Es falsa porque ya hemos visto que la ejecución material de los atentados correspondió a mercenarios, no a integristas, y porque en el sumario sí hay indicios numerosos que apuntan a conexiones con el mundo de ETA. Y es incompleta porque Rodríguez Zapatero hubiera debido añadir que ni a las fuerzas de seguridad ni al ministerio fiscal se les ha dejado tirar de esos hilos que apuntan a la banda ETA, quizá porque el ovillo que hay al otro extremo resulta demasiado incómodo.
Para empezar, ya el mismo día 12 de marzo de 2004 dos testigos distintos afirmaron haber visto a la etarra Josune Oña en Madrid. El día 13, otro testigo afirmaba haber presenciado una reunión en un bar a mediados de febrero entre el etarra Asier Eceiza y una persona de origen árabe bien conocida como traficante dentro del barrio. Suponemos que la Policía descartó estos testimonios por considerarlos poco sólidos, pero resulta sorprendente, por ejemplo, que no conste en el sumario si se han enseñado a este último testigo las fotos de los traficantes de origen árabe implicados en la trama.
El sumario pone también de manifiesto que varios de los principales implicados habían residido o residían en el País Vasco: Basel Gayoun, uno de los miembros del núcleo duro de la C/ Virgen del Coro, residió en San Sebastián y Oyarzun; Jamal Ahmidan El Chino, en San Sebastián; Adnan Waki, otro de los miembros del núcleo duro, residía en Irún, donde compartía piso con tres argelinos que vivían de algún tipo de subvención del gobierno vasco.
Los seguimientos telefónicos también arrojan datos interesantes. El Chino realizó un viaje relámpago a Pamplona inmediatamente después del 11-M. La pista de uno de los terroristas huidos tras los atentados (Daoud Ouhnane) se pierde el 12 de marzo en Corella (Navarra). Los hermanos Chergui viajan a Olaberría (Guipúzcoa) poco después del estallido del piso de Leganés. Asimismo, la intervención del teléfono de Lofti Sbai (uno de los miembros del grupo de El Chino) permitió interceptar diversas conversaciones con un misterioso personaje español que se hace llamar José y que en un momento determinado le comenta a Lofti que tiene que ir a Navarra y el País Vasco "por tema político".
Todos estos datos no significan por sí mismos nada de nada; pero cuando los completamos con la información de que los hampones mercenarios del 11-M se sentían tan cómodos en Bilbao y San Sebastián como para entrar en un bar y pegarle un tiro en la pierna a un presunto deudor, esa extraña "predilección" que muestran los implicados en la trama por el País Vasco adquiere una nueva dimensión. Y esa dimensión se agranda cuando constatamos otro inquietante punto de unión: Moutaz Almallah (presunto líder del núcleo duro del 11-M) fue compañero de piso del batasuno Yusuf Galán.
Es posible que se trate de meras casualidades, pero sería cuando menos interesante saber quién "protegía" las actividades delictivas de El Chino en aquella zona y qué información sobre el 11-M pudieron compartir Yusuf Galán y Moutaz Almallah, o sus círculos de allegados.
El extraño viaje
Diversos medios de comunicación se han hecho eco de otras "casualidades" que nadie ha querido investigar:
- Las palabras captadas a Josu Ternera en el aeropuerto de Francfort pocas semanas antes de los atentados: "Se van a enterar los españoles de lo que somos capaces". ¿Se refería al 11 de marzo? Curiosamente, al informador que captó aquella conversación parece habérselo tragado la tierra, de acuerdo con nuestras noticias.
- Los papeles distribuidos en el casco viejo de San Sebastián el día 10 de marzo de 2004 en los que el entorno de ETA instaba a boicotear a Renfe durante la campaña electoral. ¿Un aviso a los miembros de su entorno para que no tomaran trenes hasta el 14 de marzo?
- La aparición en la celda de Abdelkrim Beresmail (el lugarteniente de Allekema Lamari con el que departía Fernando Huarte) de los teléfonos de Henri Parot y Harriet Iragui, dos sanguinarios etarras, y de la fórmula de la cloratita, el explosivo utilizado por ETA habitualmente.
- El robo de un coche por parte de ETA en el callejón de Emilio Suárez Trashorras, coche con el que atentaría en Santander utilizando un explosivo de tipo dinamita cuya marca no ha podido ser determinada ¿Era quizá Goma-2 ECO?
Con respecto a este último punto, Rodríguez Zapatero atribuyó todo el episodio a la mera casualidad. Esa explicación podría quizá valer (¡aunque es mucha casualidad, caramba!) si los etarras hubieran robado un coche cualquiera. Pero los etarras que robaron aquel coche ya traían las matrículas preparadas para doblarlo, lo que implica necesariamente que buscaban un coche de una marca y modelo determinados. Que encontraran aquel preciso modelo de coche en aquel preciso callejón ya excede la simple casualidad para convertirse en una coincidencia asombrosa.
Pero la "casualidad" más inquietante de toda esta historia es la que afecta a la simultaneidad temporal de las dos caravanas de la muerte. Para el actual gobierno, el que la caravana etarra interceptada en Cañaveras saliera con menos de 24 horas de diferencia con respecto a la que bajaba de Asturias y el que ambas caravanas siguieran rutas paralelas obedece, asimismo, a la casualidad.
Sin embargo, hay muchas cosas que no cuadran en aquel transporte desde Asturias. Por poner sólo un ejemplo (aunque tendremos oportunidad de hablar más de ese viaje en los próximos capítulos), aquel fin de semana del 28 de febrero de 2004 cayeron en la mitad norte de la península unas impresionantes nevadas, que atraparon a miles de conductores en Burgos y obligaron al gobierno vasco a cerrar las carreteras de la comunidad autónoma a la circulación de vehículos pesados. ¿Por qué los marroquíes renunciaron a bajar desde Avilés a Madrid por autopista y se dirigen en su lugar desde Avilés hacia Torrelavega por la costa, bajando luego a Madrid por la N-I? Es decir, ¿por qué eligieron un camino mucho más largo, adentrándose en el temporal y arriesgándose a que se les quedara atrapado en la nieve un coche cargado de explosivos? Nadie hace eso sin una poderosa razón. ¿Era la caravana de ETA un mero señuelo, destinado a que pasara la otra? ¿Pretendían dirigirse a Bilbao y se vieron forzados a torcer hacia Madrid por el temporal? ¿Torcieron hacia Madrid porque alguien les avisó de que la otra caravana había sido interceptada? Descartar de un plumazo todos esos interrogantes atribuyéndolo todo a la mera casualidad es inaceptable, a menos que uno quiera cerrar a toda costa el paso a cualquier investigación que pueda conducir a ETA.
Presos etarras y musulmanes en prisiónConclusiones
Si en el capítulo anterior decíamos que es prácticamente imposible que Al Qaeda contratara a los mercenarios que colocaron las mochilas, en el caso de ETA la respuesta no está tan clara. En vísperas de las elecciones, ETA estaba derrotada. Acosada policial y judicialmente, asfixiada desde el punto de vista económico, sin capacidad ya de convocatoria, su desaparición era cuestión de tiempo. Los únicos caminos posibles eran el abandono de las armas o emprender una huida hacia adelante con atentados masivos, que hubiera terminado por hacer de ETA un nuevo IRA-Auténtico. Otra victoria del Partido Popular hubiera sentenciado definitivamente a la banda y lo único que podía salvarla del desastre era un cambio de gobierno.
De hecho, el comportamiento de ETA en las semanas previas al atentado resulta inexplicable sin la masacre del 11-M. Si ETA hubiera querido tender un cebo para que el gobierno del PP picara el anzuelo, no habría podido encontrar nada mejor que el esperpéntico intento de atentado en Chamartín y la esperpéntica caravana detenida en Cañaveras, con un mapa en el que aparecía señalado el Corredor del Henares. Ambas operaciones fueron encargadas a etarras sin experiencia y ambas estaban tan chapuceramente organizadas que parece como si ETA hubiera enviado a ambos comandos únicamente para dejarse coger. En otras palabras: ambas operaciones parecen pensadas para que el gobierno del PP responsabilizara inmediatamente a ETA de la masacre de Madrid unos días después.
¿Fueron etarras los que colocaron las mochilas en los trenes? Según los datos que tenemos, no. ¿Participaron etarras en la logística de los atentados? No lo sabemos, pero hay extrañas casualidades que alguien nos debería aclarar. ¿Fue ETA quien realizó la contratación de los mercenarios? No tenemos datos que permitan demostrarlo, así que a lo mejor no lo hizo. Pero atribuir de nuevo a la simple casualidad los cebos tendidos por ETA en las semanas previas al atentado es cerrar los ojos a una de las pocas realidades incuestionables de todo el asunto 11-M: de entre todos los posibles sospechosos de haber contratado a los mercenarios que colocaron las bombas en los trenes, ETA es el único que no tenía nada que perder con la operación y sí mucho que ganar. Como los hechos posteriores han demostrado.
No sabemos si ETA es la responsable última del 11-M, pero sí nos consta que el gobierno ha hecho lo indecible porque no se investigue el papel que ETA jugó. Y para evitar que la opinión pública o el juez pusieran en duda la versión oficial, el gobierno no ha dudado ni siquiera en ocultar y manipular información fundamental sobre los atentados, como tendremos ocasión de comprobar en el artículo siguiente.
En el próximo capítulo: Una impúdica cadena de mentiras

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